RAID TÚNEZ SEPTIEMBRE 2018 por Miguel Oscar Díaz (Toyota Kzj 90)

Raid Túnez 2018 con Sahara4x4xtrem

Miguel Oscar Díaz

Breve crónica de la expedición de la flota terrestre Sahara 4×4 a los confines del gran Erg Oriental en la lejana Tunicia. 

La tropa expedicionaria se reunió el la ciudad de Arlés, en la dulce Albión, ciudad dónde son aficionados a las corridas de toros y otras arcaicas costumbres hispánicas. 

La expedición estaba constituida por experimentados navegantes que antes cruzaron las tierras mauritanas, con cuyo retrato y aventuras en aquellas tierras podréis solazaros en la crónica correspondiente, y por nuevos navegantes por mí antes no conocidos. La flota estaba pues formada por los siguientes navíos y navegantes. 

Nuestro capitán Don Xavier, acompañado esta vez por su hijo Alex, que ejerció de diligente y disciplinado grumete. Don Paco de Nerja con su potente navío, Don Sabino de Deba con su supermichu, Don Marcial de Burgos acompañado de su siempre fiel escudero y gran amigo el Sr. del Castillo, gran alabador de las excelencias alpujarreñas, Don Francisco de la Chica que ejerció de ángel reparador acompañado de Don José Luis Guerra, pues este último había perdido temporalmente su navío por un grave problema en la sentina. 

Además de estos ya conocidos navegantes, se unieron a la expedición: el sultán Don Diego de Córdoba, gran conversador e inteligente urdidor de chascarrillos que movían a risa a toda la expedición. Su navío era un supermichu por lo que, junto con el de Don Sabino, fue objeto de burla, mofa y befa por parte de los capitanes de los Cruceros de Tierra 80, que formaban mayoría en la expedición. Don Fernando de Navarra, experto y fino navegante cuyo potente y flamante navío en sus expertas manos no sufrió avería ni embarrancamiento alguno, no así como los sufrieron el resto de los expedicionarios. Don Joaquín el Cazador, afincado en Marbella para disfrutar de la compañía de sus colegas de la sociedad del chorro (Jet Set), gran cazador como su título indica, terrateniente de extensas fincas de caza, armador de una extensa flota de navíos terrestres y marítimos e incansable enamorador de fermosas damas. Don Jordi y Doña Pepi, habitantes de Barcelona, amables y acogedores como todos los naturales de las catalanas tierras. Don Miguel y Doña Ali, madrileños de pro, aficionados al juglar Sabina, como no podría de otra forma ser, simpáticos y ayudadores. Su único defecto, al decir de los fieles del dios Toyota, era navegar en un Nissan. Don Luis Garrote, experimentado capitán de expediciones por aquellas tierras que ejerció de piloto y comandante, en términos náuticos, para nuestro capitán Don Xavier, cuyas singladuras por los mares de arena tunicianos que nos disponíamos a recorrer se remontaban a muchos años atrás. Y este humilde narrador, que para la ocasión se hizo acompañar por el grumete Don Javier Mañasco (Maño afincado en el país Vasco) joven aventurero, navegante de rápidos navíos ligeros de mares calmas, que quería experimentar la navegación en crucero por los embravecidos mares de arena. 

En Arlés disfrutamos de una sabrosa cena y mejor compañía al encontrarnos todos reunidos de nuevo. Dos de los aguerridos aventureros realizaron una incursión nocturna a la ciudad, de la que volvieron alabando su grandeza y animación así como las hazañas amorosas, cada uno las del otro, por lo que no dimos mucho crédito a ninguna de ellas. 

A la mañana siguiente embarcamos nuestros navíos en la ciudad de Marsella en el gran navío que debía cruzarnos el Mare Nostrum y desembarcarnos en la bella bahía de la Goulette. Al salir de Marsella pudimos contemplar el Château d’If que fue prisión ignominiosa de Don Edmundo Dantés en la afamada novela del Sr. Dumas. 

Pasada una placentera noche de travesía en mar calma arribamos a Túnez y tras largas horas de espera, minuciosos registros, trámites engorrosos y algún que otro soborno, conseguimos traspasar la puerta de entrada a aquel país. Rápidamente nos pusimos rumbo al sur por una de las autopistas que allí han construido y ,tras un refrigerio a la sombra de unos sicomoros ,arribamos a la ciudad de Tozeur donde habíamos de pernoctar un un lujoso castillo algo venido a menos. 

A la mañana siguiente reanudamos nuestro camino tras reprender ligeramente a mi grumete que no había entendido lo que tan claramente nos indicara el capitán Don Xavier: que las siete y media son las siete y media y no las y treinta y cinco o las ocho menos cuarto. No había pasado mucho tiempo cuando entramos en el Chott El Jerid que es como los aborígenes llaman al extensísimo lago de sal, aparentemente seco, que por allí se extiende a lo largo y ancho de muchas leguas. Esos lagos salados secos, también llamados salinas, pues de ellos se extrae gran cantidad de sal, son extremadamente peligrosos para la navegación. Debajo de la refulgente y quebradiza capa de sal, se esconde un cieno-salmuera en el cual , una vez rota por su peso la capa superficial de sal, allí se hunden sin remisión y sin posibilidad de escape tanto navíos terrestres como acémilas u hombres. Buena muestra de ello daba el esqueleto oxidado de un ómnibus al que por un camino seguro nos acercamos a observar. 

Tras la visita al lago salado hicimos provisión de combustible, agua y alimentos en la villa de Kebili y continuamos rumbo a la villa de El Faouar para encontrarnos allí con unos propios del lugar que habían de servirnos de guías y con el gran navío terrestre que debería efectuar la labor de nave nodriza y remolcador en el caso de que fuese necesario (y fue necesario, a mi pesar ). Traspasamos nuestras provisiones de agua y combustible a la nave nodriza y alegres, descargados y desenvueltos nos dirigimos al mar de arena que ante nuestros ojos se extendía. Cual no sería nuestra sorpresa al observar que el buque insignia de la partida, el potente navío de nombre “efejota” de Don Joaquín, se hundía hasta casi la regala y embarrancaba en aquellas procelosas arenas. El navío de Don Sabino, que a la sazón le seguía, corrió la misma suerte. Y no hubo más naufragios porque a la vista de lo sucedido la flota quedó al pairo sin entrar en aquel mar esperando las indicaciones de nuestros guías exploradores.

Una vez rescatados los dos navíos, iniciamos un corto recorrido por un oasis que a otra puerta del desierto nos habría de conducir. Continuamos nuestra ruta hacia el sur agobiados por fuertes calores y peligrosas olas de arena que a cada paso dificultaban nuestro avance. Es de reseñar que la arena de Túnez no tiene parangón con otras arenas que hayamos experimentado, es fina y harinosa, casi polvo, lo que la hace muy difícil de transitar y que forme pequeñas dunas ratoneras que sólo los muy expertos navegantes negocian con acierto. 

En medio de aquella desolación nuestros guías nos condujeron a un pozo que, como por ensalmo, en medio del desierto se hallaba. Allí nos refrescamos, arrojamos agua sobre nuestras cabezas y reanudamos la marcha con la esperanza de llegar al anochecer al paraje mágico de las rosas del desierto. Cosa que no conseguimos, dada la cantidad de percances que sufrimos en aquel proceloso mar de arena que con insistencia se empeñaba en inmovilizar nuestros navíos, he hubimos de pernoctar antes de encontrar tan legendario paraje. 

Una vez establecido el campamento nos dispusimos a cenar en santa paz y compañía pero un viento insistente nos arrojaba gran cantidad de fina arena con la que quedamos todos rebozados. Ante la dificultad de una cena como a tan distinguidos personajes correspondía realizamos una frugal colación y nos dimos al gin tonic para olvidar la tan molesta tormenta de arena. Ello llevó a agradables conversaciones, chistes y risotadas, campeonatos de pulso, exaltación de la amistad, alabanzas desmesuradas de la tierra natal y un desagradable dolor de cabeza y de estómago al día siguiente.

No obstante, al poco de amanecer reanudamos nuestra ruta para visitar el paraje mágico de las rosas del desierto y tratar de arribar por la noche a las montañas de Tembaline, objetivo de nuestra segunda jornada desértica. A las pocas leguas llegamos a donde las rosas del desierto surgen de la árida arena. Para aquellos no acostumbrados a los prodigios desérticos, diré que las rosas son bellas formaciones minerales de yeso, en forma de maclas de láminas redondas de finos bordes y que a flores se asemejan. Conviene, una vez recolectadas, mojarlas de vez en cuando, como a sus homónimas vegetales, pues si no, se corre el riesgo de deshidratación del yeso y verse éste convertido en polvo blanco tal como el que los albañiles utilizan. 

Continuamos la jornada cada vez con mayores dificultades, pues las olas de arena eran cada vez más grandes, más retorcidas y más blandas y como tentáculos de un majestuoso animal se enroscaban en nuestras ruedas impidiendo el avance. No mentiría si dijera que quienes mas sufrieron en aquella jornada fueron Don Joaquín y Don Sabino, quizá por exceso de potencia el uno y por falta de lo mismo el otro. Como el día declinaba y nuestro objetivo aún se hallaba lejano decidimos acampar en un paraje propicio, descansar y continuar con renovadas energías al día siguiente. 

Tras desayunarnos con el pan recién hecho que nuestros guías cocían todas las mañanas entre ascuas y arena, aunque de ambas no quedaba ni rastro una vez cocido, iniciamos la marcha con la salida del sol y navegamos unas cuantas leguas con energías renovadas y agradable singladura, pues la arena, a aquella temprana hora, estaba fría y algo humedecida por el rocío nocturno lo que la confería consistencia suficiente para la navegación sobre ella. A primera hora de la mañana vislumbramos las troncocónicas formaciones de las montañas de Timbaline a las que rápidamente llegamos y donde nos esperaba la nave nodriza para que pudiéramos reponer agua y combustible. Allí, Don Joaquín decidió que, para salvaguardar la integridad de su nave, era más conveniente abandonar la escuadra en aquel lugar, pues desde allí, con la ayuda de un guía lugareño, podría arribar por mares mas calmos a la ciudad de Douz, dónde cómodos hoteles le esperaban. Reanudamos travesía tras despedirnos calurosamente de Don Joaquín y desearnos mutuamente una feliz travesía. Si bien nuestro gozo duró lo que tardamos en llegar a otro pozo que como por ensalmo en aquellos parajes había, pues al ir el astro rey subiendo en su diario trayecto secó la arena y nuestros navíos comenzaron a embarrancar frecuentemente, incluyendo la avería llamada desllante que los inmovilizaba completamente. Al poco rato y tras algunas dificultades al atravesar olas montañosas de arena, mi navío empezó a hacer extraños ruidos y perder empuje. Tras algunos arreglos de fortuna y un corto trayecto, se diagnosticó la muerte de mi motor ( o parte importante de él ) por ingesta desproporcionada de arena. La nave nodriza-remolcador se hizo cargo del pecio y tanto Don Javier como yo mismo rescatamos del naufragio algunas de nuestras pertenencias y abordamos otros navíos que en medio de aquel mar de arena aceptaron rescatarnos. 

Aquella noche pernoctamos junto a una alta montaña-duna. Al amanecer contemplamos una bella salida del sol y unas sospechosas huellas ondulantes junto a la tienda del grumete Alex, él y yo diagnosticamos que aquello debía de ser la tarjeta de visita de algún pequeño ofidio que por allí moraba. Subí a la montaña-duna, que antes que yo Don Fernando había escalado, y desde allí contemplamos la inmensidad del mar de arena y la curiosa disposición del mismo, en forma de

grandes cordones de dunas que bordeaban llanuras circulares de unos mil pies de diámetro y que hasta donde la vista alcanzaba se extendían. Al descender de la duna observé que uno de nuestros guías, armado de un largo palo, recorría la llanura, donde acampado habíamos, mirando al suelo con feroz insistencia. Al cabo de un rato, el guía apareció sujetando en su mano por la cola una espantosa, atroz y moribunda víbora de arena, una enorme vípera ammodytes, la más letal víbora cornuda del hemisferio norte. La sangre se heló en nuestras venas al darnos cuenta de que las huellas que junto a nuestras tiendas habíamos observado pertenecían a tan horrendo y mortífero animal, cuya mordedura sí habría helado, real y no metafóricamente, la sangre de nuestras venas. 

Iniciamos de nuevo la marcha, yo acogido al navío de Don Fernando y Javier con Don Sabino. No puede menos que asombrarme ante la limpieza y orden que reinaban en el interior del navío de Don Fernando, así como del poderío y seguridad de su navegación proporcionada por su potente motor y por la pericia de experto navegante de Don Fernando. A las pocas horas y tras múltiples embarrancamientos, remolques y reparaciones de desllantes, arribamos, a una isla de verdor en medio del desierto. Ante nuestros asombrados ojos, desde la pequeña elevación en que nos encontrábamos, contemplamos un a modo de río o lago con numerosos meandros con cuya humedad daba vida a un cañaveral y un bosquecillo de verdes árboles. Los naturales del lugar dan el nombre de El Rached a aquella maravilla natural que para asombro del viajero en medio del extensísimo mar de arena se halla. Al acercarnos, vimos que uno de nuestros guías había colocado un grueso tubo, que por allí se encontraba, sobre el surgimiento de agua que del suelo borboteaba y de él

surgió un chorro potentísimo de agua cristalina, aunque con un ligero olor a huevos podridos, pues aquella agua que del suelo manaba era caliente y sulfurosa. Ello no impidió que casi de cabeza a aquella poza nos arrojáramos, tal era nuestro calor y ansias de eliminar de nuestro cuerpo la mugre y arena que la precaria higiene, que en el desierto es posible, no había conseguido limpiar los días previos. 

En unos sombrajos, que cerca de la poza había, de cuando en mejores tiempos la zona recibía más visitantes, montamos campamento, dispuestos a pasar una agradable comida y tarde de asueto pudiéndonos refrescar en la poza cuando así lo deseáramos. Nuestros guías nos obsequiaron aquella noche con un sabroso cus cus que sólo las gentes del desierto saben preparar tan suculento con tan pocos medios. 

La noche llegó con algo de viento y cuando me dirigí a descansar a mi jaima personal, comprobé que había elegido una muy mala ubicación. En la vaguada entre dunas en que estaba montada la tienda, el viento arrojaba chorros de arena por los respiraderos de la jaima y encontré mi lecho y pertenencias bajo una gruesa capa de arena. Cuando en aquella playa me introduje, pues a otro sitio no podía ir a mi pesar, el sudor que de mi cuerpo emanaba junto con la arena que del techo caía, hicieron de mi una croqueta viviente y quedé como de perlas para no pegar ojo en toda la noche. 

A temprana hora me levanté y corrí a la fuente sulfurosa a recibir un baño vivificante que eliminara de mi cuerpo aquel molesto rebozado. Algunos expedicionarios nos informaron de la visita nocturna de unos burros salvajes que a la sazón en el bosquecillo moraban, y que a la luz del día nos fue imposible vislumbrar, tan escondidos estaban. Tras desayunar, realizamos múltiples retratos a nuestros navíos y tripulantes con aquel lago sulfuroso de fondo e iniciamos marcha de regreso por diferente camino de aquel por el cual habíamos arribado y que, dando un rodeo, habría de llevarnos de regreso a las montañas de Timbaline. 

Las primeras horas de travesía fueron de constante sufrimiento por múltiples embarrancamientos y desllantes aunque después de una espectacular bajada tobogán el terreno se fue haciendo más transitable lo que junto con la visión en el horizonte de las chatas cimas de Timbaline aumentó nuestro ritmo de marcha y a ellas arribamos a primera hora de la tarde. 

Según nos acercábamos a ese destino Don Fernando y yo, viendo que tendríamos tiempo de arribar a la ciudad de Douz donde solazarnos con un baño relajante, buena cena y lecho blando, comenzamos a barruntar una deserción o incluso un motín si parte de la flota nos secundaba. Al arribar a Timabline planteamos nuestra propuesta al Capitán Don Xavier que de forma democrática y razonada sometió al resto de la expedición nuestra propuesta a la cual se adhirieron Don Luis, Don Miguel y Doña Aly y Don Paco Trueba. Nos fue asignado un guía y tras despedirnos del resto de la flota, que por aquellos parajes acamparía, y para al día siguiente volver a encontrarnos en el oasis de Kasar Ghilane, iniciamos travesía.

Arribamos con bien a Douz a eso de las nueve de la tarde y descansamos en el castillo al que el guía nos condujo. 

Allí inicié largas conversaciones con los rescatadores españoles que habrían de llevar mi coche desde Douz, a donde había ya llegado remolcado, a mi lugar, el villorrio manchego junto al Manzanares conocido por Madrid. 

Al día siguiente, tras recoger algunas pertenencias de mi maltrecho navío, iniciamos ruta por mares calmos y rumbos rectos hacia el Kasar Ghilame a donde llegamos a la hora del aperitivo. El Kasar es un oasis alrededor de otro surgimiento termal y en el cual se encontraba nuestro alojamiento de jaimas fijas con aire acondicionado y baño en cada una de ellas, y que atestiguaban tiempos pasados mejores, pues la carencia de mantenimiento iba haciendo mella en aquellas instalaciones. 

Arribaron nuestros compañeros navegantes trayéndonos la mala noticia de que el navío de don Jordi y Doña Pepi había sufrido severa avería cerca del Kasar, sin percance para los navegantes, alabado sea Dios, y que Don xavi y Don Paco de la Chica allí quedaban intentando salvarles del naufragio. También nos reencontramos con Don Joaquín quien nos contó sus aventuras en solitario y su visita a la afamada isla de Djerba.

Tras una agradable comida de cus cus y la pasta que Marco Polo trajo de China y que bautizo como spaghetto en italiano, hicimos una siesta acuática en la gran alberca que junto a las jaimas había. Casi a la puesta del sol arribaron los naúfragos y rescatadores con visibles muestras de cansancio en sus faces. Un baño, ducha y animada cena les confortarían para iniciar camino al día siguiente.

En esa jornada visitamos El Jem y el majestuoso coliseo de Thysdrus que en aquella ciudad construyeron los romanos y en el cual la princesa beréber Kahena resistió cuatro años la invasión árabe hasta que su joven amante la asesinó y entregó su cabeza al enemigo, caso flagrante de violencia de género con agravante de traición que permiten calificar de verdadero hideputa al mencionado amante.

Llegamos al atardecer a Hamammet, donde años atrás otro hideputa ametralló a los turistas que en su bella playa descansaban. Es notable la recuperación de afluencia de visitantes aunque las secuelas de aquellos hechos aún son constatables en aumento de la seguridad y falta de mantenimiento en las instalaciones.

Realizamos la cena ritual de fin de travesía en un excelente restaurante al borde del mar, en el que se nos ofreció un menú excelente regado de generosos vinos y cavas. Don Xavi nos hizo entrega de nuestras acreditaciones como expertos navegantes por las harinosas arenas tunecinas y nos emplazamos para emprender nuevas y atrevidas aventuras por cualquier rincón del África a dónde nos fuera permitido ir. Algunos navegantes prolongaron la jornada hasta avanzada la noche en sana amistad e insanos copazos. 

Al día siguiente iniciamos marcha al puerto de la Goulette donde yo había de rescatar mi navío cruzar con él el Mediterráneo y conseguir transporte para él y para mí hasta Madrid. No quiero cansar al lector con los innumerables trámites, llamadas telefónicas, esperas interminables al teléfono, negativa de asistencia del Race y otras desgracias que hube de sufrir aquellos días, lo único que puedo constatar es que si no hubiéramos contratado el camión de asistencia (mi enorme agradecimiento a todos los navegantes pues compartimos su coste y yo fui quien más lo aprovechó) y yo no hubiera tramitado en francés con agencias y grúas locales mi rescate, aún estaría en medio del desierto. Moraleja: aseguraos de que vuestro seguro os rescata seguro.

Tras pasar la noche de travesía marítima desembarcamos en Marsella, el capitán Don Xavi me remolcó hasta una campa cerca de la entrada del puerto donde me despedí de la flota y esperé largas horas hasta que una grúa recogió mi coche y yo tomé un taxi al aeropuerto para volar a mi destino final.

Tuve noticia de que toda la flota había llegado con bien a su destino, con renovadas energías, alguna avería y grandes esperanzas de una nueva aventura.

Vale.

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  1. Sahara4x4Xtrem says:

    Nouadhibou: Aljazira. Regukar. Mejorable.
    Dakhla: Bab al bahra. Relación calidad precio caro. Pero a pie de mar.
    Nouakchott. Vete al hotel K. Tal como suena. Letra K.

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