RAID MAURITANIA NOVIEMBRE 2017 por Miguel Oscar Díaz (Toyota Kzj 90)

Crónica de la expedición Sahara 4x4Xtrem de aguerridos españoles a tierra de moros que les llevó a la ignota Mauritania y a los confines del rio Senegal comandados por el valiente capitán Don Xavier Raventós Cardona y su escudera Doña Yolanda de los Asturcones. Hazaña realizada en el mes de Noviembre del año del Señor de 2017.
Por el grumete novato Don Miguel –Oscar Díaz, gran gorrón de cervezas.
  • Jornada primera: Día 1 de Noviembre de 2017, de Tarifa a Marraquech

La tropa expedicionaria se reunió la mañana del 1 de Noviembre en el puerto de la meridional ciudad de Tarifa, con objeto de embarcarse ellos y sus naves terrestres en la gran nao que les transportaría a la ciudad de Tánger. La expedición contaba con 12 naves, 10 de ellas Cruceros Terrestres (Land Cruiser) y dos de las llamadas Supermichus, más ligeras y maniobrables.
Formaban la expedición:
El citado capitán Don Xavier, natural de Cataluña pero afincado tiempo ha en la alegre Andalucía, gran piloto y conocedor de las rutas africanas, enérgico dirigente y dotado de gran paciencia para soportar las tribulaciones del viaje y de la tropa. Iba  acompañado de su escudera Doña Yolanda de los Asturcones gran sanadora, retratista y cuidadora solícita de toda la tropa.
El caballero euskaldún Don Sabino Uncetabarrenetxea Zumárraga, natural de Deba, gran cocinero y buen empinador de bota, acompañado de su escudero Don Juan José de Pamplona gran médico, que ejerció en tierras vascas salvando vidas y almas, también buen empinador de bota.
Los cides castellanos Don Carlos y Don Miguel, naturales de la muy leal ciudad de Burgos, que enseñorearon la enseña patria y la cocina castellana por todas las tierras de moros.
El caballero Don Paco de Nerja, de recia voz y altivos ademanes, gran entablador de amistades con nativos y aborígenes.
Don Marcial de Burgos, suministrador de combustible a todas las tierras castellanas y patriarca de la expedición, acompañado de su escudero, sirviente y amigo Fray Castillo del Electrodo, hábil soldador, amable conversador y simpático camarada.
Los señores catalanes Don Lluis y Don Joan naturales de tierras tarraconenses, siempre afables y obsequiosos, ejemplo del  proverbial “seny” de los habitantes de los países catalanes.
Don Jordi de Barcelona, gran comerciante de recados de escribir en la industriosa y esplendorosa ciudad de Barcelona, experto piloto y fino navegante.
Los nómadas Don Francisco y Doña Toñi, que recorren sin descanso tierra de moros en su nave habitable, sin echar de menos su naturales tierras porque Doña Toñi cocina como los ángeles y cuida bien de Don Paco y de los grumetes novatos. Don Paco fue ascendido a los altares con la invocación de San Francisco de la Carraca.
Don José de Medina y Doña Margarita, también grandes viajeros, incansables colaboradores con los desfavorecidos, tanto nativos como de la tropa expedicionaria. Don José también fue canonizado por obrar milagros mecánicos
Don José Luis Guerra, natural de Madrid, experto en la ciencia cabalística llamada informática y aficionado a los Legos y a los Cuadros de bicicletas.
Don Luis Barbero, canonizado como San Luis de la Trócola. Milagrero mecánico que todo lo arregla, sin perder la sonrisa ni la esperanza, amigo, compañero y artífice de que consiguiéramos completar la expedición. Acompañado por el inefable Carranquita, bailaor, contador de historias y chascarrillos, animador constante y elevador de ánimos.
Y por último este humilde cronista y su compañero Don Miguel de los Vinos, gran deportista, conversador, entablador de amistades y ayuda impagable para sobrellevar las incidencias de la expedición.
La tropa expedicionaria, tal como ya se ha mencionado, embarcamos rumbo a Tánger. Durante la travesía el capitán Don Xavier nos arengó y adoctrinó sobre los peligros del viaje y la disciplina a mantener y nos hizo entrega de unos jubones con nuestros nombres bordados y la enseña y distintivo de nuestra tropa expedicionaria: “Sahara 4×4 Xtrem”.
Arribados a Tánger y tras los engorrosos trámites que las autoridades moras imponen a los extranjeros infieles, iniciamos nuestro camino hacia la ciudad de Marraquech, capital del reino bereber.
Tras comprar los panes redondos que elaboran los aborígenes de aquellas tierras, entramos en la gran calzada que no ha mucho han construido los moros para unir sus principales ciudades.
A eso del mediodía la caravana expedicionaria detuvo su marcha. Yo pensé que para rezar el Ángelus o encomendarnos a algún santo viajero. Cual sería mi sorpresa al comprobar que, en vez de aquellas pías invocaciones, procedimos a efectuar un rito pagano llamado “birra time”, consistente en ingerir grandes cantidades de cerveza acompañadas de patatas fritas, quesos o embutidos.
Una vez Terminado el rito, continuamos nuestro camino llegando sanos y salvos a Marraquech, tras pagar cuantiosas alcabalas a los moros que custodian la calzada y atravesar un majestuoso puente que lleva el nombre del rey de los marroquíes.
En la parada del almuerzo, pude comprobar que la mesa y las sillas, que con tanto amor me había entregado mi esposa, más que para expediciones africanas, estaban concebidas para coquetos pic nics. Traté de ocultar mi vergüenza ante el resto de la expedición.
Al llegar a Marraquech, San Luis obró su primer milagro al fijar las bieletas de la suspensión de mi nave cuyos tornillos habían desaparecido, no se sabe si por intervención diabólica o por desidia del mecánico del taller donde instalé los nuevos amortiguadores.
  • Jornada segunda: 2 de Noviembre de 2017, de Marraquech a cerca de El Aaiùn
La del alba sería cuando la tropa expedicionaria, tras un suculento desayuno, inició la larga jornada que nos debía llevar hasta El Aaiún, capital del Sahara Occidental, tierras que antaño pertenecieron a nuestra noble patria pero que hoy caen bajo dominio mususlmán.
La jornada transcurrió sin mayores incidencias, dejando atrás las modernas calzadas de peaje para entrar en los más estrechos y peor cuidados caminos reales que nos llevaban siempre hacia el sur. Comenzamos a notar el cambio del paisaje y la presencia de los animales autóctonos llamados camellos aunque realmente son dromedarios.
Realizamos la parada pertinente de la Birra Time y aprovechamos para esquilmar de leña a la población autóctona pues precisábamos de ella para nuestro fuego de campamento con objeto de alejar de nosotros fieras y alimañas que pudieran perturbar nuestro bien merecido descanso nocturno.
Tras la comida junto al mar, continuamos camino hasta que el capitán nos dio la orden de acampada. Con menos dificultades de las anticipadas y gracias a la ayuda de mi compañero Don Miguel de los Vinos, montamos nuestra tienda para disponernos a pasar la noche.
Cual sería mi asombro cuando comprobé que el resto de la tropa no sólo había montado ya sus tiendas sino que había desplegado una larga mesa iluminada con una extraña lámpara que pendía de una alta pértiga y que iluminaba, no sólo la gran mesa, sino una buena parte del campamento. En un santiamén las cocinas de campaña empezaron a funcionar a todo gas y suculentas cenas fueron desfilando frente a mis ojos y mi escuálida escudilla.
Tampoco dejó de asombrarme la gran tienda de campaña que sobre su navío terrestre habían desplegado Don Paco y Doña Toñi, haciéndome ver que yo debería de introducir sustanciales mejoras en mi equipo de campaña y en mis aprovisionamientos.
Una majestuosa puesta de sol sobre el mar finalizó esta venturosa jornada y nos retiramos a nuestras tiendas para el merecido reposo.
  • Jornada tercera: 3 de Noviembre de 2017. De El Aaiún a Cap Barbás
Nuestra ruta por el Sahara Occidental nos comenzó a mostrar las bellezas del desierto, enormes dunas de arena se mostraban a la vista, cruzábamos oueds, río en moro, que se adentraban en el mar y enormes playas se desplegaban a nuestra derecha.
El camino real adolecía de estrechez y mal firme, además de frecuentes desvíos en los que ya se empezaba a poner a prueba la resistencia de nuestros navíos todo terreno. Enormes camiones se cruzaban en nuestro camino obligándonos las más de las veces a circular por un arcén lleno de grava y guijarros con el consiguiente peligro. Análoga maniobra era necesaria para adelantar a vehículos más lentos.
La comida se hizo frente al océano Atlantico en un paraje que no debía distar muchas leguas de las islas Canarias. El capitán Don Xavier no pudo evitar un sentimiento de añoranza de su dama Doña Vanesa que en la afortunada isla de Fuerteventura a la sazón mora.
Cruzamos el trópico de Cáncer lo que nos indicó que nuestro camino hacia el sur progresaba como habíamos previsto; el caballero Don Sabino, quien de lugar más septentrional procedía, había ya descendido 20 grados de latitud.
Sin mayores incidencias a reseñar, llegamos ya anochecido a una venta en la que nos alojamos y en la que se nos sirvió una copiosa cena. Todas las tripulaciones nada más llegar a la venta solicitaron un santo y seña que introducido en los aparatos comunicadores que portábamos nos permitieron entablar animada conversación verbal o escrita con nuestras familias y amigos que habíamos dejado en la Península Ibérica.
Algunos desembarcaron gran cantidad de provisiones de boca, que dejaron en un almacén puesto a nuestra disposición por el ventero, con objeto de disponer de ellos a nuestra vuelta.
Sin más, tras las abluciones pertinentes para quitarnos el polvo del camino, nos fuimos a dormir para estar en buena disposición para el cruce de la frontera a la desconocida Mauritania que al día siguiente deberíamos efectuar.
  • Jornada cuarta: 4 de Noviembre de 2017, de Cap Barbás al desierto mauritano junto a la vía del tren más largo del mundo
Llenamos de combustible nuestras naves y los depósitos adicionales que portábamos, con objeto de tener autonomía para los dos días que nos disponíamos pasar en el desierto, lejos de toda civilización.
Llegados a la frontera del reino de Marruecos nuestro capitán maniobró hábilmente y la caravana expedicionaria se situó en primer lugar frente a la verja que delimita el territorio marroquí. Lástima que la desidia de los funcionarios retrasara la apertura de la verja y el cumplimiento de los numerosos trámites y documentos que hay que rellenar.
Una vez satisfechas las autoridades marroquíes, nos fue dado acceso a la tierra de nadie que separa Marruecos de Mauritania, zona inhóspita, minada fuera del camino, llena de coches abandonados y con un camino casi impracticable hasta la frontera mauritana. Una vez allí llegados, nos esperaba nuestro guía y embajador Arturo, moro insigne respetado por los funcionario fronterizos y con cuya ayuda, nuestra paciencia y buen humor conseguimos superar todos los trámites, obtener los salvoconductos de entrada necesarios para nosotros y nuestros navíos y emprender la marcha por tierras mauritanas, objetivo y anhelo de nuestra expedición.
Tras unas pocas leguas por camino asfaltado, abandonamos éste para adentrarnos en el desierto sahariano. Nuestros anhelos de recorrer espacios abiertos, dunas y llanuras pedregosas iban a verse colmados con creces.
El capitán ordenó bajar la línea de flotación de nuestros navíos, es decir deshinchar sus ruedas. Yo realicé la maniobra con cierta aprensión pero no tardé en darme cuenta de lo acertada de su orden pues con línea de flotación alta los navíos se encallaban fácilmente en la arena del desierto.
También se empezaron a hacer patentes algunos problemas en nuestros navíos, el supermichu de Don Sabino derivaba a babor constantemente y el Super Crucero de Tierra de don Paco de Nerja sufría de fiebres extemporáneas que no curó en todo el viaje, no se supo bien si por calentura o error del termómetro.
Próximo el anochecer, el capitán ordenó acampada que efectuamos en un bello paraje junto a unas dunas y al lado de la vía férrea.
Una vez anochecido pudimos sentir un lejano rumor como de tambores que poco a poco se fue haciendo más intenso. Una fantasmagórica luz blanca apareció en el horizonte y un estruendoso fragor de hierros se mezcló con el batir de los tambores.
Ante nosotros surgió de detrás de las dunas el más grande y temeroso tren que yo haya podido ver en mi dilatada vida. Dos locomotoras diesel producían el estruendoso tamborileo al arrastrar penosamente un convoy de cientos de vagones que chirriaban sobre las vías que el sol había abrasado durante todo el día. Durante largos minutos cientos de vagones desfilaron frente a nosotros, mientras la luz de las locomotoras y su monótono resollar se perdieron en el horizonte.
  • Jornada quinta: 5 de Noviembre de 2017, del desierto junto a la vía a Chinguetti

Aún el astro rey no había hecho acto de presencia cuando los expedicionarios comenzamos los preparativos para la dura jornada que nos esperaba.

Tras un desayuno acorde a las energías necesarias y con abundante café preparado por Doña Yolanda y Don Luis, iniciamos nuestro camino junto a la vía del camino de hierro y siempre hacia el Este, paralelo a la frontera de Mauritania con el Sahara Occidental.

No habíamos recorrido muchas leguas cuando ante nuestra vista surgió el monstruo que por la noche, si bien no habíamos podido contemplar en todo su esplendor, sí habíamos adivinado su potencia. Pero nada de ello en comparación con lo que a nuestra vista se mostró. Dos enormes locomotoras diesel bufaban por la vía
arrastrando más de trescientos vagones repletos de mineral de hierro. El polvo del desierto se arremolinaba a su paso, el fragor de los motores se mezclaba con el chirriar de las ruedas de los vagones, y durante largos minutos vagones y más vagones desfilaron majestuosamente ante nosotros.

Continuamos camino hasta que ante nuestra vista aparecieron dos enormes batolitos graníticos ennegrecidos por el sol del desierto.

Hacia ellos nos dirigimos para contemplar su grandiosidad y unos a modo de bajo relieves que algún viajero había esculpido en la roca. Mi compañero y yo nos dirigimos a la otra montaña, que por su aspecto nos había parecido más interesante. Fue bautizada por nosotros como la montaña de la Vulva Negra, por razones obvias. No han de escandalizarse los lectores por este nombre, ya que en nuestra católica patria, la patrona de la Rioja es Nuestra señora de Valvanera, es decir una virgen con el mismo nombre etimológicamente que el que le dimos a la montaña. Sin lugar a dudas, en ella los aborígenes debían de efectuar ritos de fertilidad.

A continuación cambiamos nuestro rumbo hacia el sureste para dirigirnos por camino asfaltado ( goudron, en franchute, dice nuestro capitán. Señal de que ha recorrido los siete mares bajo cien banderas) a la ciudad de Atar a la que llegamos al atardecer.

Desde allí una pista, que de día debería ofrecer unos paisajes sobrecogedores a tenor de los acantilados junto a los que pasamos, nos llevó finalmente a Chinguetti y a la venta donde habíamos de pasar la noche. Una sustanciosa cena y agradable conversación fueron preludio de un merecido descanso.

  • Jornada sexta: 6 de Noviembre de 2017, de Chinguetti a algún lugar entre las dunas

Dedicamos la mañana de esta jornada a visitar la ciudad, si es que cuidad pueda llamarse a unas cuantas casas y unas ruinas de lo que sí debió ser importante centro de intercambio en la ruta de las caravanas. Visitamos la ciudad vieja y una biblioteca familiar que contenía al parecer un solo libro, si bien manuscrito en el siglo XIII. La familia en cuestión debió de hartarse de leer lo mismo durante generaciones y generaciones.
Anduvimos por la ciudad vieja toda ella construida (y derruida) de piedra testificando el esplendor pasado de Chinguetti.

Posteriormente algunos expedicionarios visitaron el mercado e hicieron acopio de hortalizas y verduras. El Capitán dio orden de marcha y nos dirigimos hacia unas dunas que desde allí se vislumbraban. El Capitán, temeroso de mi bisoñez, me indico que fuera tras de él y siguiera a rajatabla las indicaciones que me diera. Cuando llegamos a las dunas, tras rebajar la línea de flotación a cotas insospechadas y poner en la bitácora un rumbo que llaman reductora, comenzamos a subir y bajar sin cesar montañas de arena al grito de ¡Gas!, ¡Gas!, ¡Gas!. Las enseñanzas del capitán y de Doña Yolanda, que durante un trecho hizo de copiloto, se mostraron efectivas pues no encallé en la arena, cosa que sí sucedió a otros miembros de la tropa expedicionaria.

Una voz de alarma surgió, pues los cides caballeros castellanos, tenían vía de agua. Al parecer la hélice de su navío había perforado el radiador y perdían agua con el consiguiente riesgo de calentura de su motor.

El Capitán tras comprobar que era imposible continuar la marcha en tales circunstancias dio orden de acampada.

Tras un consejo de los mandos, se decidió que el Capitán junto con otro miembro de la tropa viajaría a Atar para ver si pudiera comprar a algún mercader un radiador utilizable, mientras tanto Don Luis intentaría obrar un milagro y reparar el radiador con los escasos medios de que disponía.

Realizamos una frugal comida y Don Luis junto con Don Francisco comenzaron a trabajar en el radiador, mientras el resto de la tropa oraba a su alrededor para que se efectuara el milagro; o sólo miraba, no podría jurarlo.

Tras largas horas de esfuerzo, variados intentos, con soplete, pegamento, jaculatorias y ritos paganos para alejar los escorpiones que nos rodeaban, sin perder la sonrisa ni la esperanza, Don Luis obró el milagro y el radiador quedó reparado. La multitud que le rodeaba no pudo menos que gritar ¡Milagro!, ¡Milagro!, y desde aquel momento, teniendo también en cuenta los sufrimientos con que el demonio Ciático tentaba a nuestro santo varón, quedó elevado a los altares bajo la invocación de San Luis de la Trócola y su ayudante con la de San Francisco de la Carraca. ¡Alabado sea Dios!

El Capitán fue avisado de que ya no era necesario el radiador de fortuna y tras largas horas de penoso camino regresó al campamento con evidentes signos de fatiga ya bien avanzada la noche.

  • Jornada séptima: 7 de Noviembre de 2017, de en medio de las dunas a Tidjikja

Amanecimos reconfortados por el milagro efectuado y procedimos a levantar el campamento. El Capitán nos alertó a grandes voces: ¡Cuidado con los rubios!. Cual sería mi extrañeza al pensar que en aquel desierto debían morar suecos u otros escandinavos con carácter agresivo que nos estarían atacando, aunque yo no los veía por ningún lado. Otro miembro de la tropa me sacó de mi error explicándome que los rubios eran unos escorpiones de mediano tamaño que se solían guarecer bajo nuestras tiendas u otra impedimenta y podrían propinarnos una picadura muy dolorosa o incluso mortal. Me quité las chanclas inmediatamente y me puse los borceguíes de deporte para estar más protegido. Y, efectivamente, al levantar mi tienda un escorpión color arena corrió con su aguijón levantado de forma amenazadora. Dejamos que se alejara pues él había llegado antes que nosotros y nos dispusimos a emprender la marcha.

Nada más continuar nuestro camino, un sarraceno acudió pidiendo ayuda para arrancar su transporte que sin batería estaba al pairo entre las dunas, nuestro buen capitán le prestó la ayuda precisa y el sarraceno y su camello pudieron proseguir su camino entre amplias muestras de agradecimiento.

Algo más adelante nos detuvimos dentro de un gran cráter que según las leyendas locales fue horadado por una gran bola de fuego caída del cielo. La bola debió de ostentar un tamaño considerable a tenor del diámetro del agujero en el que cabían holgadamente todos nuestros transportes.

Continuamos por caminos ora arenosos ora pedregosos que poco a poco nos adentraban en el corazón de la Mauritania.

Finalmente llegamos a la venta en la que esa noche nos alojaríamos sita en la población de Tidjikja.

  • Jornada octava: 8 de Noviembre de 2017: De Tidjikja a Kiffa

Emprendimos de nuevo nuestro camino por una carretera asfaltada, sufriendo los continuos controles de las gentes de armas que los sarracenos han desplegado en todos sus caminos para vigilar los movimientos de los extranjeros infieles.

Al poco rato y tras atravesar un poblado, llegamos a una extensión de agua
junto a unas rocas que los mahometanos llaman guelta. Allí, diversa cantidad de animales domésticos y salvajes abrevaban y se bañaban en santa paz y compañía. Contemplamos papiones, que raudos escalaban las rocas asustados por nuestra presencia, camellos dromedarios, cabras, burros, cebúes y la gente que los pastoreaba. Era un curioso espectáculo contemplar en medio del desierto aquel oasis para animales y humanos. Nuestra contemplación se vio truncada por la llegada del gendarme local que nos
conminó a ir a la gendarmería del pueblo a reportar nuestra presencia, lo cual hicimos raudamente temerosos de caer cautivos en sus sucias mazmorras.

A la salida del pueblo, la nave de los cides burgaleses sufrió una nueva avería que san Luis y san Francisco solucionaron raudamente mientras nosotros socializábamos con la chiquillería local.

Continuamos nuestro camino para dirigirnos al mítico paso de Nega por el cual sólo el aguerrido aventurero dakariano Juha Kankkunen consiguió transitar, dejando tras de sí a todos sus pérfidos perseguidores.

Una vez allí llegados por un estrecho camino excavado en la roca, se mostró ante nuestra vista la gran llanura de arena que cientos de codos más abajo y al pie del acantilado se extendía y a la cual solo era posible acceder por las rampas arenosas que desde el estrecho paso de Nega vertiginosamente descendían. Nuestras naves iniciaron rápida y divertida singladura de descenso mientras el sol iba declinando a nuestras espaldas.

Llegada la noche y que, dado el lento ritmo de marcha realizado, aún nos quedaban unas cuantas leguas para nuestro destino, el Capitán sometió a democrática votación acampar allí mismo o hacer una travesía nocturna hasta nuestro destino previsto. La aguerrida tropa votó por continuar singladura y en medio de la noche, del polvo, las alimañas y la zozobra continuamos valientemente la marcha hasta que encontramos un camino asfaltado que sin mayor incidencia nos llevó a la venta de nuestro destino en Kiffa.

  • Jornada nona: 9 de Noviembre de 2017. De Kiffa a cerca de Selibabi

Iniciamos marcha al amanecer por entre nuevos paisajes. La arena del desierto dio paso a extensas sabanas de hierba seca tachonadas de acacias y baobabs.
Antes de abandonar la población de Kiffa hicimos acopio de un exquisito pan en una de las panaderías ambulantes que en nuestro camino se cruzó.

Los pastores habitantes de los poblados de aquellas extensiones, ahora muy numerosos, nos saludaban a nuestro paso y la chiquillada agitaba sus manos en alegre saludo.
La raza beréber, que hasta entonces había sido mayoría en la población, fue sustituida por esbeltos y bellos ejemplares de raza negra, muy negra. Las mujeres hacían gala de coloridas túnicas que realzaban su silueta y los hombres, armados de bastones para apacentar su ganado, observaban displicentemente nuestro transcurrir.

Nuestra ruta seguía el cauce del río Karakoro, y en un arenal del oued hicimos alto para nuestra comida. Al poco rato, un nutrido grupo de hermosas jóvenes nativas acompañadas de un respetable anciano se sentó en un bancal del río a contemplarnos, exactamente de la misma forma y manera que mis nietos contemplan a los monos del jardín zoológico. Entablamos alegre conversación gestual con ellos y les retratamos con nuestras máquinas al efecto.

Llamóme la atención que casi todas las féminas con que nos cruzábamos mantenían su higiene dental con unos palitos que mascaban y que alguien me indicó que se trataban del mismo palolú o regaliz de palo que yo consumía con fruición en mis tiempos infantiles.

Mientras dábamos buena cuenta de nuestra pitanza, aparecieron dos gendarmes que nos conminaron a abandonar el área lo antes posible, dada su peligrosidad. La frontera del país de Mali en el que frecuentes revueltas, algaradas y toma de cautivos tienen lugar, se hallaba a una legua escasa de nuestra posición.

Terminada la comida seguimos a los gendarmes en el camino que nos indicaban y desde entonces gozamos de escolta armada y amable hasta nuestro llegada, varias jornadas más adelante, a Nuakchot, capital de la islámica república en que nos hallábamos.
Próximo el anochecer, el Capitán exploró un paraje junto a dos esbeltas montañas, sin lugar a dudas sagradas para los aborígenes y, encontrado el sitio idóneo, dio orden de acampada.

El fuego de campamento y una espléndida cena, que todos y cada uno de los expedicionarios preparó y compartió con el resto, fueron el preludio de una noche placentera esperando que el sol iluminara de nuevo las montañas.

No puedo menos que señalar aquí mi asombro ante la fecundidad culinaria de mis compañeros, jamás pensé que en medio de nowhere, como dicen los sajones, pudiera disfrutar de una jugosa tortilla de patatas, de ensaladas abundantes, de pochas con perdiz, de jugosos entrecots y otras exquisiteces dignas de restaurantes michelinizados. En mi próxima aventura he de mejorar también mi capacidad culinaria.

  • Jornada décima: 10 de Noviembre de 2017, de Selibabi a Kaedi

Continuamos nuestro camino por la sabana rodeados de acacias y baobabs, alejándonos de la frontera de Mali. Los gendarmes nos escoltaban diligente y amablemente, lo que también agilizó nuestro paso a través de los frecuentes poblados que cruzábamos, pues los gendarmes locales estaban advertidos de nuestra llegada y como a embajadores de un país remoto, lo que en realidad éramos, nos recibían.

Hicimos un alto en el camino para visitar una de las minúsculas aldeas de pastores que a nuestro paso encontrábamos. Los habitantes de la aldea, una o dos familias a lo sumo dada su pequeñez, nos recibieron con los brazos abiertos y amabilisimamente nos mostraron su aldea y sus casas. Así como en las poblaciones que habíamos cruzado la limpieza brillaba por su ausencia y la basura se acumulaba por doquier, la aldea, una vez traspasada la verja de leños que la delimitaba, estaba perfectamente limpia y cuidada. El suelo de arcilla apisonada estaba pulcro y barrido, los enseres, que junto al pozo estaban, brillaban limpios al sol del mediodía. Nos fue mostrado el interior de una de las cabañas donde el orden y la limpieza imperaban haciendo de ella un hogar acogedor. Pensé para mi que, aunque jamás me quedaría a vivir en ninguna de las poblaciones que habíamos visitado, en aquella aldea si podría pasar mis días y pastorear con aquella amable y limpia gente.

Continuamos camino, cruzando poblaciones donde éramos muy bien
recibidos, sobre todo por la gente menuda pues me imagino que no habría tenido ocasión de ver a muchos aventureros como nosotros.

Finalmente llegamos a río Senegal, punto más meridional de nuestra expedición. Hasta allí, el más septentrional de nuestros viajeros, Don Sabino
de Deba había descendido más de 26 grados de latitud, proeza comparable a la de míticos exploradores del Sur como Amundsen, Scott o Shackleton.
Siguiendo el río llegamos al anochecer a la gran ciudad de Kaedi, en cuyos suburbios nos ocurrió una pequeña desgracia. Los niños, que en todas partes son traviesos y por lo que se ve allí mas, arrojaron una piedra al navío de don Sabino con tan mala fortuna que acertaron a destrozar el vidrio de la ventanilla del copiloto. Alertada la autoridad local por nuestra escolta armada, en un
santiamén apareció el comandante de los gendarmes con su túnica azul purísima lo que movió a espanto a toda la muchedumbre que allí se había congregado, desapareciendo como por ensalmo en sus casuchas y guaridas. El comandante nos ofreció sus disculpas y amablemente nos escoltó hasta nuestro alojamiento definitivo, pues un primer hotel fue descartado, en el que habríamos de pasar dos noches.

  • Jornada oncena: 11de Noviembre de 2017. En Kaedi

Dedicamos esta jornada al descanso y a nuestra recuperación física tan necesaria después de tantos días de incansable caminar.

Por la mañana algunos de los expedicionarios visitamos el mercado local para cambiar nuestros dineros por la moneda local, la cual, aunque carece de cualquier valor fuera de aquellas tierras, nos era imprescindible para adquirir el combustible para nuestras naves.

Actuó de guía y protector uno de los gendarmes que nos acompañaba, alejando de nosotros vendedores ambulantes, cabras sueltas y carros arrastrados por miniburros. Su ayuda fue posteriormente recompensada con dádivas y presentes.

También aprovechamos la visita para comprar viandas y recuerdos. Doña Yolanda y yo también hicimos las necesarias averiguaciones y trabajos para poder adquirir las medicinas necesarias para aliviar las dolencias de nuestro buen San Luis que postrado en el lecho se encontraba.

Tras mucho ir y venir, conseguimos los inyectables que a Doña Yolanda habían asegurado los hechiceros, que con que ella se comunicaban, que exorcizarían del cuerpo de san Luis a los demonios llamados Ciáticos que
hacía días le martirizaban, envidiosos de su bondad, sabiduría y paciencia.

Doña Yolanda con su profesional pericia inyectó en salva sea la parte la medicina a san Luis y éste retorno a su descanso con esperanza de mejora, aunque no mucho más tarde reapareció para colaborar en alguna nueva
reparación.

Algunos viajeros se embarcaron en singular travesía por el río Senegal que posteriormente relataron a los que cansados de tanto peregrinaje preferimos pasar la tarde en reposado descanso.

Sin más llegó la noche, la cena y el catre.

  • Jornada duodécima: 12 de Noviembre de 2017, de Kaedi a Nuakchot

Antes de continuar con esta crónica he de resaltar un hecho que no ha de pasar desapercibido para generaciones posteriores. De todos es conocida la inquina que las gentes mahometanas profesan a las bebidas alcohólicas y las penas a las que los infieles poseedores de las mismas pueden ser sometidos. Nuestro capitán nos había advertido antes de iniciar nuestra aventura de esta circunstancia y yo, temeroso de la ira sarracena, sólo transporté conmigo agua debidamente embotellada. Pero cual no sería mi sorpresa cuando una vez atravesada la frontera de la islámica república, el resto de mis compañeros expedicionarios comenzó a extraer del fondo de sus sentinas grandes cantidades de cerveza, vino e inclusos bebidas espiritosas que hábilmente habían ocultado a las autoridades fronterizas.
Mi compañero y yo contemplamos con envidia aquellas provisiones previendo largos días de abstinencia. Pero para nuestra fortuna, y gracias a la caridad cristiana de nuestros compañeros, jamás nos faltó una cerveza para refrescarnos en los abrasadores desiertos, un trago de vino para desatascar el gaznate del polvo del camino o incluso algún cock tail de los que llaman gin tonic con todo y hielo ¡en medio del desierto!. Jamás pensé que pudiera ser testigo de tales prodigios.
Volviendo a nuestro viaje, esta jornada transcurrió por una camino asfaltado, o casi, pues frecuentes desvíos nos apartaban de nuestro recto camino, que sin mayor incidencia nos llevó hasta la capital de esta república. Nos alojamos en un confortable hotel en el que también moraba un destacamento de nuestro glorioso ejército, cuya misión era enseñar a las gentes de armas de los nativos la conducción off road, tal como a mí me enseño nuestro capitán.
Su misión no dejó de extrañarme, o quizá era un subterfugio para otra misión más secreta, pues, tras largas jornadas acompañados por los gendarmes en su pick up, no parecía que carecieran de pericia para ese tipo de conducción. Es también digno de atención el hecho de que los gendarmes que durante aquellas largas singladuras viajaban de pie en la caja del citado vehículo, aparte de ser expertos equilibristas, debían de poseer un sistema pulmonar adaptado a la ingesta de grandes cantidades de polvo.

  • Jornada decimotercera: 13 de Noviembre de 2017, de Nuakchot a la playa del Banc D´Arguin

Repostamos la jornada anterior para disponer de combustible para los dos días de navegación costera que ante nosotros se presentaban.
Cruzamos los suburbios de la capital y en un santiamén nos encontramos en la playa, con marea baja, y leguas y leguas de arena dura sobre la cual exprimir nuestras máquinas.
Iniciamos camino hacia el Norte, ora en grupo ora de uno en uno a velocidades sobrehumanas. Nuestras naves se encontraban en su elemento dada la proximidad del océano, si bien siempre tratábamos de evitar navegar sobre él para no corroer con orín las estructuras metálicas de nuestros cascos.
Contemplamos coloridos cayucos varados en la arena, pescadores recogiendo sus redes, raudas canoas surcando el mar y un sin fin de conchas que tapizaban la playa.
Avistados unos pescadores que a la playa arribaban, nos acercamos a ellos y comerciamos para aprovisionarnos de pescado fresco. Nos mostraron lo que en sus bodegas traían e hicimos gran cantidad de acopio de pescado de diferentes especies, todo él recién pescado y saludable.
En alguna ocasión, junto al mar, se encontraban bancos, que si bien parecían de arena, pues de ella estaban cubiertos, ocultaban una sustancia negra, viscosa y maloliente que bautizamos como chapapote y que, a la voz de “Stop” “Stop” de nuestro capitán, evitábamos pisar adentrándonos en las dunas próximas a la playa, pues rodando sobre él hubiéramos encallado y llenado nuestros fondos de tan repugnante sustancia.
Al  atardecer montamos campamento y se construyó una parrilla en la que San Lorenzo hubiera cabido holgadamente, para asar los pescado que habíamos adquirido.
Tiempo hacía que mi paladar no disfrutaba de semejantes manjares. Los pescados semejantes a doradas eran tiernos y sabrosos y el humo de las brasas les conferían el sabor especial de los asados marineros. Confortado estómago y espíritu nos retiramos a descansar para la próxima jornada.

 

  • Jornada decimocuarta: 14 de Noviembre de 2017, de la Playa de Banc D’Arguin a Nouadhibou

Olvidé mencionar en la crónica anterior que entrada la tarde penetramos en el parque nacional de Banc D’Arguin, reserva natural plena de marismas, llanos inmensos testigos de antiguas lagunas hoy desecadas y enormes extensiones pedregosas tachonadas de dunas, en resumen un compendio de los paisajes más deseados por los aventureros desérticos y un placer para ejercer el complejo oficio de la navegación.
Numerosas aves acuáticas allí invernan y pude contemplar un nutrido grupo de flamencos que en las someras aguas se solazaban.
La jornada transcurrió con divertidos ejercicios de navegación y conatos competitivos que nuestro capitán, con buen juicio, cortaba por lo sano para evitar accidentes que en aquellos parajes hubieran podido ser fatales. Testigos mudos de catástrofes semejantes eran los esqueletos oxidados de naves terrestres que en alguna ocasión encontramos.
Cerca del cabo Timirist, la nao de nuestro capitán sufrió un percance. Una barra estabilizadora del timón se soltó de su soporte, resultando éste partido. Para mi asombro, de una sentina surgió un aparato dotado de motor de moto que acoplado a un generador proporcionaba la corriente precisa para un soldador de arco. Fray Castillo, tumbado bajo el navío del capitán, procedió a efectuar una soldadura experta y en poco tiempo pudimos continuar ruta. Jamás hubiera pensado que tal prodigio se pudiera realizar. Desde entonces a Fray Castillo se le otorgó el título de señor del Electrodo, en reconocimiento de sus habilidades.
Tras largas leguas por aquellos parajes de ensueño arribamos a la carretera por la que días antes habíamos transitado al pasar la frontera y, tomado un cruce hacia el sur, por un camino asfaltado paralelo a la vía del prodigioso tren llegamos a nuestro alojamiento en Nouadhibou.
En Nouadibou acudimos a cenar a un  restaurante regentado por una compatriota gallega. Rico pulpo a feira, marisco y pescado nos fue servido. Lo más curioso de la cena fue el hijo de la sudodicha gallega, un rapaciño llamado Raúl que con sólo 17 años parecía que tenía 50 por lo seguro de su parecer, sus rotundas sentencias y el profundo conocimiento, según él, de la idiosincrasia de los nativos. Sin lugar a dudas llegará a ostentar algún puesto político de responsabilidad dada su ignorancia, labia y seguridad en sí mismo.

  • Jornada decimoquinta: 15 de Noviembre de 2017, De Nouadhibou a Dakhla

Esta jornada transcurrió por carretera y hubimos de sufrir los mismos inconvenientes, trámites, humillaciones y esperas que en el cruce fronterizo de ida, sin bien ahora, ya de vuelta, nuestros espíritus no estaban tan confortados como a la ida con la excitación de la aventura venidera. Así y todo, la travesía transcurrió sin novedad y al atardecer llegamos a Dakhla, la antigua Villa Cisneros cuando el Sahara Occidental pertenecía a nuestra añorada patria.
Antes de llegar a la ciudad, bordeamos su hermosa bahía al atardecer, en la cual esforzados deportistas practicaban el arriesgado deporte de la Tabla Cometa para envidia de san Luis y de mi compañero (aunque ya no me acompañaba pues en Nuakchot emprendió vuelo a la madre patria) animosos practicantes de dicho sport.
Nuestro hotel, el más lujosos de la capital, se abría a la bahía y un excelente buffet para cenar nos fue preparado.

  • Jornada decimosexta, séptima y octava: 16,17 y 18 de Noviembre de 2017 de Dakhla a casa

Opto por juntar en un solo relato estas tres jornadas pues transcurren por las mismas rutas que a la ida transitamos, sólo reseñaré los hechos excepcionales que en ellas nos acaecieron.
Al salir de Dakhla, el navío de Don José Luis Guerra, que a la sazón delante de mi navegaba, subiendo una cuesta arrojó una gran cantidad de humo blanco por la popa y un insoportable hedor a ferodo chamuscado inundó la cabina de mi navío. Pocas leguas más adelante, Don José Luis se detenía al comprobar que su embrague había sucumbido. El Capitán decidió que Don José Luis volviera a Dakhla y con la ayuda de San Luis tratara de reparar su navío. Aquella jornada era de más de 1.100 de los llamados kilómetros, por lo que la tardanza en la reparación repercutiría funestamente en la hora de arribada de Don José Luis y de San Luis a la Kashba donde habríamos de pernoctar.
Tras una exitosa reparación, sustituyendo el disco abrasado por uno nuevo, retomaron camino a eso de las cuatro de la tarde y arribaron a destino pasada la una de la madrugada.
El resto de expedicionarios, más afortunados, llegamos al anochecer a la Kashba que cerca del cauce de río Draa iba a ser nuestro alojamiento. La señora de aquel castillo era una dama de la dulce Albión, franchuta es decir, que había construido aquel castillo de la nada en tres años. Así lo atestiguaban grabados fotográficos que me mostró. El castillo era elegante y acogedor y nos fue servida una cena en los cuencos de barro con tapa troncocónica que los nativos llaman tahine. El plato consistía en unas albondiguillas sabiamente aderezadas con unos huevos escalfados por encima que estaban de chuparse los dedos.
Al día siguiente retomamos camino hacia Assilah, en grupos reducidos de vehículos, en vez de formando escuadra como hasta ahora habíamos hecho. De esta forma nuestro navegar sería más ágil sin que hubiera peligro de extravío por ser calzadas de peaje en su mayor parte. No obstante, yo erré el rumbo una vez, yendo en animada conversación con Don Lluis de Tarragona y si no nos llega a advertir Don Joan de nuestro error por el intercomunicador radiofónico, terminamos en Rabat. Tras dos cambios de sentido y pago de dos peajes para volver a donde estábamos, tomamos el rumbo correcto y llegamos a nuestro destino.
Nuestro capitán tuvo un par de percances mecánicos que el solícito san Luis remedió. Fueron recibidos con aplausos cuando llegaron al restaurante donde todos les esperábamos frente a una suculenta cena.
Al día siguiente, último de nuestra travesía, embarcamos de nuevo a las 8 de la mañana los viajeros que aún teníamos ánimo para madrugones, quedando algunos en dulce descanso en Assilah o de viaje a otros destinos. Tras alegre charla mientras desayunábamos en la travesía arribamos a Tarifa y tras calurosa despedida iniciamos la diáspora hacia nuestros variados destinos. Sin mayor incidencia, a media tarde llegué a mi casa dónde mi mujer y mi perra me recibieron con efusivos besos y abrazos y con meneos de rabo y húmedos lengüetazos, respectivamente, no caigan ustedes en malos pensamientos.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. ¡Hasta la próxima aventura!

Miguel Oscar Díaz Gómez  Madrid, noviembre 2017
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